SEÑORA HIGUERA


SEÑORA HIGUERA

Señora Higuera, soy el escritor de cabecera de Kari.
Quiero confesarme, llevo varias noches consecutivas sin dormir.
Imagino cómo llega a mi corazón en su bicicleta.
Pierdo la noción del tiempo buscando el poema perfecto para describirla.

Amo sus ojos como Dios amó al mundo.
Contienen más vida que tres ríos caudalosos en el desierto.
No crea que estoy ebrio de alcohol, sólo de su sonrisa.
Guardo sus fotos  para contemplarlas cuando llegue el fin del mundo, y yo no tenga miedo de irme al infierno.

Señora Higuera, ya no miraba las estrellas desde hace tiempo.
Hoy quiero alcanzarlas todas y hacer un ramo para su mesa.
La vida me sabe a victoria cuando miro a su hija.
Y en cada Padrenuestro aparece su nombre.

Dispense mis atrevimientos.
No me considere un lunático.
Kari es el sol que no me quema.
Me gustaría saber tocar el requinto, y cantarle canciones de Álvaro Carrillo.

No suponga que soy un mentiroso.
Nada gano con exageraciones propias de los enamorados.
De hecho, me faltan decirle un millón de verdades.
Como por ejemplo: Me derrito cuando me abraza, me convierto en profeta.

Señora Higuera, ¿me da permiso de suspirar a su hija unas setecientas veces al día?
Le aseguro que si mañana fuera mi sepelio, me ofreceré inmediatamente para ser el fantasma que la cuide.
Y es que sus ojos me son más necesarios que cualquier otra bendición del Creador.
Por cierto, ¿me autoriza a soñar que beso el alma de Kari?

CARLOS ALBERTO SALGADO DÍAZ.

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